Carmona fue en la antigüedad una de las principales poblaciones de Andalucía. Su importancia histórica se explica por las características del “sitio” en que se asienta. Plaza fuerte natural, la ciudad controla desde su posición estratégica las principales vías de comunicaciones del Valle del Guadalquivir y los tres paisajes que constituyen sus fuentes de recursos: los Alcores, la Vega y las Terrazas.

   Su término municipal estuvo poblado por grupos humanos hace más de medio millón de años. Durante el Calcolítico y la Edad del Bronce, la ciudad actual estuvo habitada por gentes que vivían en cabañas circulares, fabricaban sus útiles en piedra trabajada y almacenaban provisiones en cerámica realizada a mano, sin tornear. Pero será hacia el siglo IX a.C. cuando se origine la auténtica ciudad. Entonces debió ser una de las ciudades-fortaleza más importante de la civilización tartésica. Prueba de ello son sus construcciones o los espléndidos vasos de Saltillo con decoración oriental. Las fuentes literarias hablan de la Turdetania como una región próspera y culta. Durante esta época la ciudad incluso se expandió. Carmona debió convertirse en un enclave cartaginés como demuestra el complejo del bastión y fosos defensivos de la Puerta de Sevilla. Tal debió ser la obra de ingeniería, que su resultado impresionó al propio César.

   Carmona es una de las ciudades de mayor abolengo histórico de la provincia. Sus distintas denominaciones pregonan el papel de la ciudad en las distintas invasiones. Su primitivo nombre, “CARMO”, proviene de su origen y fundación tudetana, aunque también se le atribuye origen semita. También ha sido relacionado con el etrusco “Carminius”, por A. Shulten. Los romanos la llamaron “Carmonia”, y los árabes “Karmonch”.

   La fertilidad de la zona y su privilegiada situación geográfica en lo alto de un cabezo de fácil defensa, hicieron que Carmona estuviera poblada desde “tiempos prehistóricos”. Aunque hayan aparecido restos del Paleolítico, son mucho más abundantes los del Neolítico y Eneolítico entre los que destacan los magníficos “vasos campaniformes” del Acebuchal.

   A partir de un núcleo turdetano, se desarrolló una colonia cartaginesa de gran importancia, conservándose algunos restos de murallas de esta etapa en la puerta de Sevilla.

   En el año 206 a.C., Carmona es conquistada por el Imperio Romano, fue intensamente romanizada y se convirtió en uno de los núcleos urbanos más importantes de la Bética, con el nombre de “Carmo”.

   Carmona llegó a obtener el privilegio de acuñar “moneda”; y fue rodeada de un “poderoso recinto amurallado” que Julio César cita en su “De Bello Civile”; obtuvo la “categoría de municipio”, perteneciendo al convento Jurídico Astigitana (Écija), y quedando adscritos sus habitantes a la tribu “Galería”.

   El trazado de la ciudad, que se realizó sobre la población cartaginesa, todavía se percibe en la actual Carmona, especialmente el Cardo Máximo, que iba desde la “puerta de Sevilla” a la de “Córdoba”.

   De esta época los restos arquitectónicos y escultóricos son de una gran categoría, destacando la impresionante Necrópolis.

   Conserva también restos de la época visigoda. Su importancia no decreció en época musulmana, y llegó a ser capital de uno de los reinos de Taifas, en el siglo XI. Los árabes reformaron su sistema defensivo, y la embellecieron con notables alcaceres, mezquitas y otros notorios edificios, en los que aún hay hoy vestigios. En época musulmana Qarmuna, llego a ser Reino de taifas. Se remodelaron sus murallas, se construyeron alcázares, mezquitas y se abrieron nuevas calles.

   La conquista fue obra de Fernando III “el Santo”, en 1.247, comenzando la repoblación. Se le otorgó un fuero propio. Su territorio municipal fue delimitado por Alfonso X el Sabio. Fue objeto de favores por parte de Pedro I “el Cruel”, que residió frecuentemente en ella, y engrandeció y transformó el Alcázar de la Puerta de Marchena, para residencia real. En el siglo XV, las luchas entre partidarios de Ponce León, señores de Arcos y Marchena, y los Guzmán, Condes de Niebla y Duques de Medina Sidónia, azotaron fuertemente a la ciudad.

   En 1.630, Felipe IV le concedió el “título de ciudad”.